Ya nadie oculta que estamos inmersos en una crisis económica importante. Las cifras que diariamente salen a la luz pública no invitan precisamente al optimismo. El Euribor –índice de referencia para la mayor parte de las hipotecas en España- no ha dejado de subir hasta casi alcanzar el 5 por ciento, su máximo en ocho años. Las cifras de paro hace meses que son claramente negativas, y del índice de precios al consumo es mejor no hablar demasiado, pues los alimentos y el combustible parecen subir casi a diario.
Lo anterior se traduce invariablemente en un descenso del poder adquisitivo de las personas. El español medio cada vez tiene menos dinero en su cuenta corriente. Por si esto fuera poco, esto ocurre en un momento en el que las entidades de crédito se encuentran inmersas en una crisis internacional cuya primera consecuencia es una gran falta de liquidez en el sector.
Resulta que incluso las entidades de crédito son reacias a prestarse dinero entre sí, y por ello cuando lo hacen –léase tipo de interés- las condiciones son cada vez más gravosas. Ni que decir tiene que cuando un banco tiene que comprar más caro el dinero, se ve obligado a vender más caro ese mismo dinero, y además tiene que seleccionar muy bien a quien se lo presta, pues si se dedica a conceder préstamos “arriesgados” entonces el resto de entidades de crédito no querrán trabajar con él.
Así que los españoles se encuentran ante una situación de menor poder adquisitivo y de créditos caros e incluso difíciles de obtener en muchos casos.
Sin embargo, este artículo lo escribo precisamente en defensa de la banca. Ojo, de la banca seria, de la banca de verdad. Dejando a un lado el hecho de que las entidades de crédito también tienen –en mi opinión- parte de la culpa de la crisis económica que vivimos, lo cierto es que escribo para prevenir sobre los peligros del crédito fácil. De la multitud de empresas de “servicios financieros” que han florecido en el caldo de cultivo de la falta de liquidez de las familias españolas: ese préstamo que nos venden por tierra, mar y aire –o sea, televisión, radio e internet- en el que simplemente con hacer una llamada telefónica nos prometen al instante un crédito para viajar al Caribe, cambiar de vehículo, o reformar nuestra vivienda.
Si usted pudiera congelar la imagen de su televisor para poder leer las condiciones del crédito “fácil” que se anuncia –de otra forma es imposible leer esas letras diminutas que pasan a toda velocidad por la pantalla- se daría cuenta de que lo único “fácil” es obtener el crédito, pero que devolverlo es misión casi imposible. Las comisiones y tipos de interés que se establecen por parte de estas empresas de servicios financieros habitualmente superan el 20 por ciento del capital prestado, a veces más. De hecho, llegan al límite para no ser legalmente considerados como usura. Y sin embargo, estoy seguro de que si acude usted a su banco o caja de toda la vida descubrirá que sencillamente no comercializan ningún tipo de crédito –ni préstamo personal, ni hipoteca, ni crédito en cuenta corriente, etc..- cuyo tipo de interés –o TAE, la tasa anual equivalente que incluye el tipo de interés y todos los gastos y comisiones asociados al crédito- se acerque siquiera al 10 por ciento. Entonces, ¿Por qué contratar un préstamo que es el doble o el triple de caro simplemente porque lo anuncia un actor famoso o la publicidad es más o menos sugerente?
En Escobar Navarrete Abogados somos desde hace casi diez años asesores externos para Almería de una de las cajas de ahorro más importantes del país, y podemos afirmar desde la experiencia que ello implica, que los llamados créditos fáciles no suelen sino acabar de complicar irremediablemente las cosas a quienes los solicitan. Es habitual que las entidades de crédito agoten cualquier posibilidad antes de reclamar judicialmente un préstamo impagado, e incluso cuando lo hacen siempre están abiertas hasta el último momento de renegociar o facilitar el pago de la deuda mediante acuerdos con el cliente.
Pero los préstamos rápidos son otra cosa, y pueden entrañar un grave peligro si uno no sabe bien qué está contratando. Recuerde que todos respondemos de nuestras deudas con nuestros bienes presentes y futuros.
Es recomendable leer detenidamente las condiciones de cualquier operación o póliza que se suscriba con una entidad de crédito, y si es preciso buscar asesoramiento legal antes de hacerlo. No es conveniente suscribir operaciones de crédito telefónicamente o por internet si no estamos familiarizados con este tipo de producto. Y aún así siempre es mejor tener delante a una persona de nuestra confianza a la que preguntarle las dudas que nos ofrezca la operación.
Son muchas las voces que reclaman una regulación específica del sector. Nos parece una buena idea. Entretanto, ya sabe: busque, compare, y si encuentra un préstamo sorprendentemente rápido y fácil de conseguir, sea cauteloso.
[Fuente: teleprensa.net]