La preocupación por controlar el déficit y el nivel de endeudamiento de las Administraciones públicas ha relajado la percepción acerca de los riesgos que entraña el endeudamiento de empresas y familias, cuando -desde el punto de vista macroeconómico- sus efectos son similares. Hoy en día, las familias españolas acumulan deuda por un valor próximo al billón de euros; más del doble de lo contabilizado en 2003. Tres cuartas partes se explican por la compra de vivienda y la vorágine hipotecaria, siendo el cuarto restante motivado por el crédito al consumo y la voracidad compradora. En el caso de las empresas, el montante supera los 1,2 billones de euros, correspondiendo alrededor de un cuarto al endeudamiento bruto de las compañías cotizadas no financieras. Buena parte de esta segunda magnitud, que multiplica por dos la registrada en 2001 y que equivale a la cotización conjunta de los tres grupos con mayor ponderación en el ÍBEX-35 (Telefónica, Santander y BBVA), se ha dedicado a crecer vía OPAs y otro tipo de adquisiciones. Bancos y cajas de ahorros, por su parte, han intervenido por partida doble: financiando a quien produce y a quien compra lo producido.
De las múltiples valoraciones que podemos hacer destaquemos una: cualquier tipo de recurso al crédito supone trasladar hacia el futuro las consecuencias financieras de decisiones presentes, ya sean éstas de inversión o de consumo. En el primer caso, endeudarse constituye una inteligente estrategia de solidaridad intergeneracional que permite, en general, alterar hoy una infraestructura productiva de la que se beneficiarán las generaciones futuras, también corresponsables en la financiación. El segundo, en cambio, deriva en una suerte de insolidaridad entre generaciones, en la que -en términos sociales- consumidores presentes trasladan a consumidores futuros las cargas de un consumo del que no se podrán beneficiar. La escasa mesura con que se ha producido este proceso explica parte de las tensiones inflacionarias y, sobre todo, el tamaño actual del déficit exterior, en un país como el nuestro que cuenta con una larga tradición de desequilibrios en ambos frentes. Los últimos acontecimientos han dado al traste con un modelo basado en comprar viviendas y empresas y consumir por encima de las posibilidades, al margen de precios y a costa de pedir prestado. Después de década y media creciendo de manera ininterrumpida, en buena medida a golpe de crédito, corresponde ahora asumir los primeros recibos.
[Fuente: laregion.es]