Según La Rochefoucaud, la avaricia es más contraria a la economía que la liberalidad, y los últimos acontecimientos del mercado inmobiliario le están dando la razón. Los promotores y constructores han exprimido tanto el mercado que han acabado por ‘secar la vaca’. El mercado de la vivienda ha empezado su recesión, olvidaron la recomendación de Henry Ford: “El secreto de mi éxito está en pagar como si fuera pródigo y en vender como si estuviera en quiebra”, y “por el taller es por donde debe financiarse una empresa industrial y no por el banco”. Ahora pedirán al gobierno ayuda para paliar el problema laboral. No tuvieron inconveniente en manipular precios, corromper a funcionarios y políticos, y sobre todo, ignoraron que la avaricia puede acabar por romper el saco. Han explotado las necesidades básicas constitucionales, como es el derecho a la vivienda. Esa necesidad de vivienda digna y la libertad de mercado ha llevado a constructores y ciudadanos a confundir valor con precio. Como decía Antonio Machado en Nuevas Canciones: “Todo necio/ confunde valor con precio”. Esa confusión es la que nos ha llevado a la actual situación, en la que se demuestra que se ha manipulado el precio de la vivienda respecto a su valor real. Existen lo que en alguna ocasión llamé vampiros sociales, que son los culpables de la anemia perniciosa que sufre actualmente el mercado inmobiliario. El vampirismo social no es una ficción literaria, es una realidad conceptual que se aplica a aquellos que viven de chupar la economía de otros, hecho que acaba por destruir la sociedad. Hace tiempo que vengo denunciando el elevadísimo precio de la vivienda que los promotores han puesto a sus obras. Precio que va mucho más allá de lo moralmente aceptable, dada la diferencia entre el coste de producción y precio de comercialización. Una sociedad desarrollada, se mide por su capacidad de producir bienes que garanticen la supervivencia y la seguridad de sus ciudadanos, o sea, una sociedad capaz de producir bienes al alcance de los salarios y de la economía de los ciudadanos, sin que éstos tengan que renunciar a otras necesidades. Este hecho, que desde un análisis economicista en una sociedad de libre mercado, parece que no atenta contra las leyes de la economía, es en realidad un cáncer que actúa como el vampirismo, pues no sólo chupa la mayor parte de la “sangre económica” al ciudadano (entendida como dinero), sino que impide que haya excedentes de “euro” circulando por otros circuitos distintos al de la “industria del ladrillo”. Hecho que obligara a los ciudadanos a pedir créditos para adquirir otros productos, y así comprobaran lo que decía Franklin: “ Si quieres conocer el valor del dinero, anda y prueba tomarlo en préstamo”. Hay un vampirismo con efectos colaterales, pues al no haber la misma masa de dinero circulando por todo el sistema, hace que otros muchos sectores industriales se hundan y desaparezcan, a causa de una especie de “anemia perniciosa monetarista”. El sistema social puede entrar en colapso y hacer que pasemos de una sociedad desarrollada y de casi bienestar, a una sociedad primitiva de subsistencia. Esa ansia “chupóptera” del vampirismo monetario y económico ha llevado a lo largo de la historia a la destrucción de la clase media, que tiene como consecuencia la desaparición del sistema de libre mercado. Pero esta enfermedad social sólo se produce cuando concurren unas series de causas generadoras: la concentración de la propiedad del suelo urbanizable en unas pocas manos; la especulación consentida de dicho suelo, por parte de los organismos y las administraciones, o sea una cooperación necesaria por parte de los representantes sociales; una falta de previsión en la política de alquileres que ha permitido que el dinero negro y gris de la actividades fiscalmente opacas se refugie en la acumulación de viviendas, que no son alquiladas a la espera de poder “lavar” la propiedad. Muchas veces son los beneficios ocultos de las promotoras y constructoras las que además de acumular propiedades para lavar sus ganancias, usan esta concentración de suelos como acción especulativa para hacer subir el precio de sus pisos. Realmente al negocio de la construcción ha llegado otro tipo de negocio, como es el especulativo “bolsístico” y monetario. No existe el libre mercado, existe la dictadura del beneficio de una sociedad consumista, que vive según la frase de Epicúreo: “la necesidad es una mal, no hay ninguna necesidad de vivir bajo el imperio de la necesidad”.
[Fuente: diariodepontevedra.galiciae.com]