María habla mucho y todo, sea bueno o malo, te lo dice mirando a los ojos. «Es que me pasé demasiados años en los que sólo miraba al suelo, avergonzada». Es una de las más de 50 personas que cada semana participan en los grupos de la Asociación de Jugadores de Azar Rehabilitados de Oviedo (Ajaro).
Apenas jugaba tres horas al bingo, todos los días, pero dice que el juego «arrasó» su vida durante seis años. «Era una autómata en casa o en el trabajo, mi mente estaba atrapada pensando siempre en el juego», recuerda. Por dentro una vocecita le decía que las cosas iban mal, que en casa cada vez había menos risas. «Pero mentía a todos, todo el tiempo, para poder seguir». Así fue hasta que un día un aviso de embargo la hizo despertar del golpe.
Ahora, además de mirar a los ojos, hace otra cosa mientras habla: acariciarse una insignia que cuelga de su cuello. «Es la que nos regalamos cuando llevamos diez años sin jugar». No puede entrar en un bingo porque «sé que volvería a jugar, quizás no hoy, ni mañana, pero pasado me lo gastaría todo». Porque la ludopatía es una enfermedad incurable. «Tenemos una predisposición a la adicción, y lo único que podemos hacer es tenerla controlada, algo que yo logro en las terapias».
Al final las horas que echaba en el bingo, sola en busca de la satisfacción del premio, las está dedicando a unos grupos de autoayuda que también tienen premio. Y gordo. «Creo que todo el mundo debería ir a alguno, aunque no sea adicto: es increíble el bien que te hace compartir tu vida con gente a la que nunca has visto, que son diferentes pero te entienden», dice.
El problema es que a la orilla de las terapias cada vez llegan más necesitados. Las 1.162 tragaperras instaladas en la ciudad descubren en muchos al adicto que lleva dentro. Algo que «los anuncios de préstamos rápidos y fáciles también están complicando». El resultado es que a las terapias están llegando a cada vez más personas. La enfermedad se está extendiendo entre menores de edad e inmigrantes.
[Fuente: elcomerciodigital.com]